Yo tiendo mas o menos al pesimismo, o a la fatalidad, a la catástrofe. Soy una persona muy triste y que odia mucho. Es feo. Quisiera cambiar, pero me cuesta muchísimo. Si alguien me hace algún daño, quedo resentida largo tiempo y genero tal odio hacia esa persona, hasta el punto de querer hacerle todo el daño que me sea posible y desearle todo el mal que le pueda desear. Mi ira únicamente la puedo aplacar con la superación. Aunque a veces implique resarcimiento, también con el entendimiento en frío de la situación y empatía hacia quién me produjo perjuicio, puedo llegar a perdonar y comprender que sus intenciones no fueron hacerme mal aunque haya sucedido de esa manera. Pero es un proceso que lleva tiempo y demasiada tranquilidad interior, que en momentos de alta actividad mental y emocional me es imposible conciliar. Entonces, en ocasiones muy ultrajantes y debido a mi temperamento sanguíneo, suelo dejarme llevar por mis impulsos e impaciencia recurriendo a lo que mas fácil se me hace y, aunque no sea lo que mas me gustaría profesar, es lo único que me apacigua y deleita: la venganza.
Mayormente mi accionar es alejarme del sujeto en cuestión y dejar que el tiempo haga su trabajo. Luego sobreviene el olvido y es ahí cuando llega a mí el conocimiento del destino de mi ofensor, que por lo general paga de un modo u otro su mal comportamiento. El regocijo que me produce el saber que obtuvo su merecido, sea por mi mano propia o porque la vida le dió una lección, es comparable a la paz de una playa tropical solitaria. Y ni hablar si de su propia boca admite lo errado que estaba y la razón que yo tenía.
No estoy orgullosa de esta faceta de mi personalidad. Es una fracción muy oscura que forma parte de todo lo que soy y está latente en mí aunque no me guste y no sea bueno para los demás. Pero como todos, yo también tengo mi lado macabro.
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